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Vistalegre termina, Podemos se estabiliza a costa de la pluralidad interna

Vistalegre termina, Podemos se estabiliza a costa de la pluralidad interna

A una semana de Vistalegre II, todavía con el eco de los debates en caliente, se hace público el acuerdo entre Iglesias y Errejón que deja poco lugar a equivocaciones. Otra vez se impone la realidad: la composición de las distintas tendencias en Podemos nunca se hace sobre la base de la política –diferencias estratégicas o discusiones–, sino que se organiza sobre un reparto de cuotas de poder.

Iglesias, reforzado su liderazgo tras el congreso, cede Madrid a Errejón a cambio de algo de paz en los territorios en los que en el último año se ha reproducido la guerra interna a nivel local, y donde ambos han peleado también por ganar las direcciones para sus fracciones enfrentadas. Fue precisamente la pelea por Madrid la que hizo pública la brecha entre ambos –la conocida como operación “Jaque Pastor”–, por la que Iglesias descubrió que su número dos –acompañado por una parte de lo que habían sido sus principales aliados hasta hacía dos días– planeaba quedarse con la dirección madrileña. Esto abrió la caja de Pandora de donde salieron las escenas de brutal confrontación entre ambos que pudimos ver durante la campaña.

Pero el Madrid que cede Iglesias no es un cascarón vacío. Hace solo tres meses tuvieron lugar las primarias en las que pactaron los partidarios de Iglesias y los anticapitalistas –sobre la base reconocida de estrategias políticas más próximas entre sí que con el proyecto de Errejón–. Para deshacer esta alianza se tendrán que convocar nuevas primarias, en las que supuestamente se reeditaría el CQP –Claro que Podemos–, las listas “oficiales” del primer Vistalegre, cuando el proyecto de “máquina electoral” estaba liderado por el tándem Iglesias-Errejón y que les permitió arrasar en muchos de los lugares sin “baronías” destacadas. Este pacto dejaría fuera a Podemos en Movimiento-Anticapitalistas, que ahora controlan varias secretarías.

Sin embargo, en Madrid, a día de hoy nada legitima unas nuevas primarias, y con toda probabilidad así lo vean las bases y buena parte de los inscritos. Las justificaciones se inventarán –una vez más, ¿cuestión de relato?– para disfrazar apenas el reparto por el que Iglesias se quedará el Congreso y el Podemos estatal, e intentará que Errejón se conforme con la plaza madrileña. Un lugar que, a medio plazo, tiene una importancia capital. De sus decisiones dependerá la configuración del próximo Ahora Madrid –aunque hay otras fuerzas con las que tendrá que lidiar y su reedición será un proceso complejo– y las listas a las próximas elecciones madrileñas, para las que ya resuena Errejón como posible cabeza. Una posición que quizás no sea ni la primera opción para el que hasta hace poco fue responsable de la línea política del partido. Sin embargo, desde el inicio de Podemos, quien ha querido contar algo en la organización ha tenido que construirse como figura pública. No solo no se ha conseguido lo que sería una deseable separación entre cargos de partido y cargos públicos, sino que su fusión ha sido la única manera para los líderes de garantizarse la posibilidad de ganar primarias internas, controlar consejos y listas electorales. La cultura de guerra que se ha instalado desde el principio ha hecho el resto.

Por otra parte, en este Vistalegre indirectamente también se eligió un candidato presidencial, ya que el plazo ordinario para una nueva asamblea ciudadana sería después de 2020, y una extraordinaria solo podría celebrarse a iniciativa del secretario general, del Consejo Ciudadano –controlado por Iglesias– o por una petición que suscribieran al menos 110.000 de los actuales inscritos –nada fácil de conseguir–. Nadie parecía disputarle de momento ese puesto, aunque quizás antes de las próximas elecciones se podría haber suscitado esa cuestión, lo que hubiese desencadenado nueva guerra interna de grandes proporciones. Ahora, en cualquier caso, esa posibilidad parece más lejana.

Todavía hay un partido por construir

Quizás este acuerdo ponga un poco de paz, ni que sea temporal, a la permanente crisis en la que vive Podemos, con sus parlamentos y consejos ciudadanos de fracciones enfrentadas. Sin embargo, todavía está por ver si Iglesias conseguirá unificar –subordinar, más bien– el partido bajo su mando. El pacto con Errejón se puede leer en esa clave, ya que ha sido él y no Iglesias quien se ha dedicado a construir organización, en el sentido de un aparato convencional. En cualquier caso, la fragmentación persistirá muy probablemente en todos los órganos, y los territorios van a tener que seguir luchando como hasta ahora por su independencia dentro de esta estructura. El documento organizativo de Iglesias que ha sido aprobado ignora las demandas de descentralización de la mayoría de las direcciones locales que los otros dos documentos organizativos recogían. Además, la asamblea estatal podrá seguir revocando decisiones de los territorios, y el nuevo secretario general tendrá la potestad de convocar asambleas ciudadanas y consultas en cualquier ámbito territorial, incluso para sustituir direcciones locales –como ya sucedió en Galicia por desacuerdos políticos–. Cataluña hace tiempo que pidió ser una organización diferenciada, aunque no solo, pues también lo han exigido otras regiones como Andalucía. Sin embargo, ahora dependerán de pactos puntuales y su concesión dependerá fundamentalmente de Pablo Iglesias.

Se reafirma el modelo vertical

En el primer Vistalegre, esta centralización se justificó con los mismos argumentos con los que se defendió el modelo vertical de partido: la necesidad de controlar el discurso es el corazón de la máquina electoral. Sin embargo, solo descentralizando se logra, además, arraigar en los territorios.

No solo los documentos organizativos alternativos al de Iglesias ofrecían propuestas de descentralización de la toma de decisiones, sino que resolvían mejor la cuestión de la pluralidad interna. Por ejemplo, el método elegido para la composición de los órganos decisorios a partir de ahora será el “Desborda”, un sistema poco proporcional que penaliza a las opciones minoritarias. Las discusiones previas al congreso, incluso la autocrítica de los dos líderes, habían puesto otra vez en primer plano la necesidad de refundar Podemos, y había expectativas de un replanteamiento organizativo más radical. Muchos discursos recuperaban ideas-fuerza que estuvieron en la base del primer Vistalegre: generar una organización más democrática, dar más poder a los círculos, o incluso la idea del partido-movimiento. Pero tanto los documentos aprobados como el primer reparto de plazas que se ha filtrado alejan las esperanzas de que algo así pueda suceder, por más que Iglesias haya propuesto un partido donde los políticos “sigan siendo militantes”, según sus propias palabras.

Sin embargo, en plena tormenta de la campaña de Vistalegre, la última encuesta del CIS seguía posicionando a Unidos Podemos como segunda fuerza en intención de voto. Aunque los resultados de las encuentras tengan que ser puestos entre paréntesis en estos tiempos, se puede manejar la hipótesis probable de que a pesar de todo, las crisis internas y la falta de democracia han afectado poco al peso electoral de Podemos (otro tema será el de su capacidad de constituirse efectivamente en herramienta de cambio político y social.) Lo que nos dicen estas encuestas, como señala el analista Brais Fernández, es que el hartazgo existe en nuestra sociedad, y que más que apoyar incondicionalmente a los líderes, se busca castigar a las élites. De Podemos depende, pues, que ese rechazo se pueda capitalizar en un sentido progresista, o pueda acabar soportando una opción derechista xenófoba como en buena parte del resto de Europa o en los EEUU. No estamos vacunados para siempre contra esa opción.

Autor/Autora

Nuria Alabao

Membre de la Fundación de los Comunes, periodista i doctora en antropologia. / @Nu_alabao

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