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Totalitarismo: ¿merece la pena hablar de ello?

Totalitarismo: ¿merece la pena hablar de ello?

Me he animado a escribir este artículo, a medio camino entre la reflexión personal y el pensamiento académico, ante la notable presencia del término totalitarismo en el debate político actual. Algunos representantes políticos lo utilizan cuando se enzarzan en sus acusaciones cruzadas. También aparece en el pantanoso terreno de los nuevos populismos. Y qué decir de las redes sociales, incendiadas cada vez que alguien utiliza el término para descalificar las posiciones de sus enemigos virtuales.

He podido observar, además, tanto un uso excesivamente alegre del término como una constante recriminación a quien lo utiliza. Ciertamente, no usamos el término correctamente, pero además nos parece inapropiado hacerlo. Como si en el siglo XXI no tuviera sentido hablar de totalitarismo. Como si fuera una forma poco educada de insultar al adversario. Mi particular punto de vista es que no solo debemos recuperar una acepción correcta del término sino que, además, se trata de un término útil para pensar la realidad social y política del siglo XXI. Por todo ello, en este artículo me propongo dos objetivos: clarificar el término y trasladarlo, con todas las precauciones posibles, al debate político actual.

Aquello que hoy conocemos como totalitarismo es el producto de un momento y unas circunstancias históricas determinadas:

“La caída de los tabiques que protegían a las clases transformó a las adormecidas mayorías existentes tras todos los partidos en una masa desorganizada y desestructurada de furiosos individuos que no tenían nada en común excepto su vaga aprensión de que las esperanzas de los miembros de los partidos se hallaban condenadas, de que, en consecuencia, los miembros más respetados, diferenciados y representativos de la comunidad eran unos imbéciles y de que todos los poderes existentes eran no tanto malos como igualmente estúpidos y fraudulentos.”

Esta frase, escrita por Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, publicado por primera vez en 1951, retrata el caldo de cultivo que permitió al nazismo germinar en el corazón de Europa. Una Europa, nos indica la autora, donde una mayoría de individuos furiosos y desorganizados se mostraban indignados con la clase política y con sus inoperantes instituciones. Esta indignación de individuos aislados y desestructurados definía el contexto social de principios del siglo XX, pero también podría aplicarse, sin demasiados matices, a la situación de la Europa de principios del siglo XXI.

Los estudiosos del totalitarismo subrayan cómo los promotores de esta ideología, partiendo de aquella individualización desestructurada, se dedicaban simultáneamente a debilitar los ya frágiles vínculos de clase social y a organizar una masa uniforme. Usando los términos de Arendt, el totalitarismo recoge y organiza a aquella masa de personas indiferenciadas e indiferentes, abandonadas por los partidos políticos tradicionales. Estas personas, que se encuentran solas y que tienen miedo, son los ingredientes básicos del totalitarismo. Unos perfiles que aparecieron en la Europa de principios del siglo XX y que, de nuevo, reaparecen con fuerza en la Europa de principios del siglo XXI.

Las condiciones parecen, pues, propicias y, por lo tanto, parece oportuno no descartar hoy un debate sobre los peligros del totalitarismo. La tentación totalitaria, además, se nutría hace un siglo y se nutre hoy también de una profunda crisis de la democracia. Otra vez es Arendt quien desgrana cómo el totalitarismo rompe las bases del sistema democrático. De entrada, los movimientos totalitarios identificaron la posibilidad de convertir una masa políticamente indiferente en una mayoría políticamente movilizada. Más tarde, al constatar la potencia de esta masa, los movimientos totalitarios pudieron despreciar al Parlamento y a otras instituciones tradicionales. Una vieja versión del “no nos representan” que justificaba un progresivo alejamiento de las reglas del sistema democrático.

No hace falta mucha sagacidad para notar, de nuevo, los paralelismos entre las circunstancias de principios del siglo XX y las que definen nuestro entorno actual. No solo disponemos de individuos indignados, sino de unas instituciones democráticas que ya “no nos representan”. Convertir a esos individuos solitarios y atemorizados en una masa y usar el descrédito institucional para prescindir del régimen democrático fueron las estrategias usadas por el totalitarismo del siglo XX. En estos inicios del siglo XXI observamos la existencia de un caldo de cultivo similar, aunque todavía no podemos anticipar que nadie lo utilice para hacer germinar las semillas del totalitarismo. Ser conscientes de ello es, en cualquier caso, la primera precaución que deberíamos tomar. La segunda, construir una ciudadanía políticamente sólida y reforzar las instituciones democráticas. El totalitarismo –y esta es una lección que no deberíamos olvidar– se construyó sobre la fragilidad de la ciudadanía y de la democracia.

Una vez establecidos los paralelismos de contexto, conviene avanzar y centrarnos en los contenidos de la ideología totalitaria. Conocerla puede, otra vez, ofrecernos algunas lecciones preventivas. De entrada, no deberíamos olvidar que el totalitarismo es una ideología política que nos acerca al mundo de las religiones; una religión secular que promete la salvación terrenal a sus adeptos. Tzvetan Todorov, en su magnífico libro La experiencia totalitaria, publicado en 2009, afirma que el totalitarismo “responde a las esperanzas de millones de personas desamparadas y que ya no encuentran consuelo en las promesas de las antiguas religiones”. Hannah Arendt ya había anticipado esta misma idea al señalar que el totalitarismo se define como una ideología que pretende explicarlo todo y, que, precisamente por ser una creencia ontológica, no deja margen para ninguna duda. No hay nada sobre lo que hablar.

En contextos sociales y económicos difíciles, como los que se vivieron en los inicios del siglo XX y los que estamos viviendo en estas primeras décadas del siglo XXI, las promesas de salvación tienen un público garantizado. El totalitarismo ofrece promesas a aquellos que las necesitan, utiliza el miedo de las personas desamparadas para asegurarse su adhesión incondicional a la promesa de un paraíso terrenal. Si para Marx la religión era el opio del pueblo, Hitler descubrió en el nazismo un narcótico incluso más potente. ¿Vale la pena recordar todo esto? ¿No está ya superada esta etapa de adicciones adolescentes? A mi entender, no está de más recordar los peligros que implica dejar que los vendedores de soluciones salvadoras se aprovechen de los comprensibles miedos de aquellos que lo están pasando mal. No está de más recordarlo y, si se da el caso, reaccionar si observamos tentaciones totalitarias. Los tiempos son propicios, de manera que deberíamos estar atentos.

A este componente religioso, el totalitarismo le añade otro ingrediente mucho menos espiritual: la violencia. Las promesas salvadoras del totalitarismo se logran, por un lado, derrotando el orden existente a través del uso de la fuerza y, por otro lado, favoreciendo un control social que suprime las libertades individuales y promueve la creación de una sociedad única o, si se prefiere, totalizadora. En este sentido, el propio Todorov nos recuerda que el totalitarismo no se limita a modificar las instituciones, sino que aspira a transformar a los seres humanos:

“(…) el dictador totalitario se deshace de toda norma anterior y se propone formar un pueblo nuevo, una sociedad que nada tenga que ver con el pasado, incluso un ser humano regenerado. A Hitler y a Stalin les gustaba aplicarse a sí mismos las metáforas del artista, del escultor o del creador, aunque trabajaban a una escala muy superior a la del artista tradicional, dado que su materia era un país entero.”

Por esta razón, tanto el estalinismo como el nazismo son las experiencias totalitarias por excelencia. Desbordando a los movimientos fascistas, más interesados en apropiarse de las instituciones políticas, los movimientos totalitarios pretenden apropiarse de las mentes y los corazones de las personas. Al leer Vida y destino somos capaces, gracias a la extraordinaria habilidad literaria de Vasili Grossman, de experimentar la angustiosa experiencia de una violencia que no solo nos golpea sino que nos inunda. Sin necesidad de llegar a estos extremos, hoy observamos algunos intentos de dirigirse no únicamente a nuestras mentes sino también a nuestros corazones y, a menudo, a nuestros hígados. Quizá es un camino que deberíamos transcurrir con precaución.

En este mismo sentido, Arendt considera que el totalitarismo funciona a través de aquello que ella misma califica como el “terror total”: aquella violencia sistémica que sirve para imponer la realidad soñada (el paraíso prometido) a la realidad vivida (lo que uno es y siente). El terror se aplica, pues, para lograr que la fuerza del movimiento natural hacia la salvación fluya sin ninguna interferencia, sin que la acción humana pueda interrumpir su sentido histórico. El terror, afirma Arendt, domina de forma suprema cuando ya nadie se alza en el camino:

“El terror, como ejecución de una ley de un movimiento cuyo objetivo último no es el bienestar de los hombres o el interés de un solo hombre, sino la fabricación de la humanidad, elimina a los individuos en favor de la especie, sacrifica a las partes en favor del todo.”

A este origen simultáneamente salvador y terrorífico del totalitarismo se le añaden dos características adicionales: el liderazgo total y la lógica de las leyes de la historia. En primer lugar, no es ninguna sorpresa, el motor del totalitarismo es un liderazgo que reclama lealtades absolutas e incondicionales. Un tipo de lealtad que, según Arendt, para ser total, solo es posible cuando se encuentra desprovista de contenido concreto. Por esta razón, los movimientos totalitarios hacen todo lo posible para desembarazarse de los programas partidistas que especifican un contenido concreto y prefieren invocar la obediencia ciega. Ciertas formas de populismo utilizan hoy esta fórmula totalitaria, combinando liderazgos fuertes con ausencia de propuestas. La propia fortaleza del liderazgo se basa en lo innecesario de poner ningún plan por escrito, pues el auténtico líder se limita a hacer aquello que todos sabemos que hay que hacer, a ser la personificación de un destino único y compartido. No hay que proponer nada, es suficiente con seguir la ola –parafraseando el título de la extraordinaria película de Dennis Gansel, Die Welle.

En segundo lugar, esta obediencia a un liderazgo absoluto conecta muy bien con la presentación del totalitarismo como un movimiento basado en leyes naturales. El totalitarismo no necesita programa porque obedece a un sentido de la historia que se impone irremisiblemente. Las leyes positivas no le incumben, aunque tampoco estamos ante una apuesta arbitraria sino ante el designio de una ley superior de la que todo se deriva. Refiriéndose a este aspecto, Arendt afirmaba que el totalitarismo “aplica las leyes de la humanidad sin preocuparse del comportamiento de los hombres”; es decir, escucha más las voces que le llegan de los cielos que las que se pronuncian desde la tierra. Podríamos decir que escucha más las promesas salvadoras que los lamentos de los que sufren el día a día. De este modo, el totalitarismo es capaz, simultáneamente, de dibujar un paraíso terrenal y de mostrarse muy insensible ante aquellos que deben habitarlo.

Debemos ser prudentes y reconocer que estamos lejos del sombrío panorama que dibujan estudiosos del totalitarismo como Todorov y Arendt. Pero quizá merezca la pena recordar alguno de sus escritos, mirar al pasado para vacunarnos de aquellas tentaciones totalitarias que no podemos repetir. Quizá convenga recordar que la tentación totalitaria es frecuente en la historia, que apareció con fuerza en los inicios del siglo XX, pero que también la podemos rastrear en otros momentos. Era domingo, 21 de mayo de 1536, cuando los ciudadanos de Ginebra, reunidos en la plaza pública, por la vía del referéndum, decidieron vivir exclusivamente bajo la palabra de Dios y permitieron a Calvino desarrollar una de las experiencias totalitarias más potentes de la historia. Stefan Zweig nos recuerda este episodio en un extraordinario libro, Castellio contra Calvino. En este texto, de lectura hoy imprescindible, que fue escrito durante aquellos difíciles años de los inicios del siglo XX, poco antes de suicidarse ante la insoportable visión de una Europa devastada por el totalitarismo, Zweig nos advertía de lo que finalmente sucedió. Toda precaución es poca y, por lo tanto, en definitiva, creo que sí, que merece la pena hablar hoy de totalitarismo.

Autor/Autora

Quim Brugué

Catedràtic de Ciència Política de la UAB

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