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#Tarajal: justicia y reparación

#Tarajal: justicia y reparación

Larios, Daouda, Yves, Aboubakar, Bikai, Souop, Nana y otras ocho personas murieron el 6 de febrero de 2014 en la playa del Tarajal, cuando intentaban cruzar la frontera a nado para entrar en Ceuta. La Guardia Civil española les disparó balas de goma y gases lacrimógenos como “medidas disuasorias”. A pesar de que había imágenes que mostraron parte de lo ocurrido, el Gobierno negó los hechos. La sociedad civil se movilizó y entidades que trabajan en la zona presentaron una querella, por la que fueron imputados 16 guardias civiles. Pero en octubre de 2015, la jueza de instrucción archivó el caso alegando que “los inmigrantes asumieron el riesgo de entrar ilegalmente en territorio español a nado y en avalancha”, y que “no eran personas en peligro en el mar que precisasen ayuda”. Palabras humillantes que calaron en familiares de las víctimas, quienes decidieron organizarse como asociación desde Camerún para pedir justicia y reparación. Tras presentar un recurso, recientemente se conoció el auto de la Audiencia de Cádiz, que dictamina la reapertura de la investigación. Un buen paso contra la impunidad y una gran noticia para las familias.

Ceuta es, junto con Melilla, la única frontera terrestre entre Europa y África, y por la cual se puede acceder al Espacio Schengen. Aquel 6 de febrero no fue la primera vez que ocurría una tragedia así. Hace tiempo que en la frontera sur española gobiernan la ambigüedad jurídica y la impunidad. Las ONG lo han denunciado durante años, e incluso la Asociación Unificada de la Guardia Civil reclama un protocolo de actuación. El entorno de las vallas de la frontera sur siempre fue escenario de represiones, desangramientos, ahogamientos y muertes. En 2005, también en Ceuta, murieron cinco personas, y más de cien resultaron heridas. El gobierno español y el marroquí se culparon mutuamente, y el caso quedó totalmente impune. En aquel entonces, había siete guerras declaradas en África, no se gestionaba el asilo en frontera y nadie hablaba de refugiados. Lejos de intervenir en el problema desde una perspectiva humanitaria, el gobierno socialista decidió instalar en las vallas las famosas “concertinas” –cuchillas de alambre de espino, que provocan desangramientos mortales–, y que en Ceuta nunca se quitaron. Las llamadas “devoluciones en caliente” a Marruecos se continuaron realizando también con total impunidad.

Pero el entramado de la frontera sur no se acaba en las vallas. Las devoluciones en caliente son solo la punta del iceberg. En la complejidad del sistema de control de fronteras, entran en juego las relaciones entre España y Marruecos, que llevaron a hacer de la frontera sur un modelo pionero de externalización de fronteras. La gendarmería marroquí se ocupa de tanto en tanto de desmantelar los campamentos donde sobreviven los migrantes, y tras sangrientas represiones, los “devuelven” al desierto en autobuses, cerca de la frontera con Argelia, o aún más al sur, con el riesgo de morir de deshidratación. El norte de África se vuelve un verdadero infierno para las personas que quieren migrar a Europa. Ante la falta de políticas de asilo y la represión de los Estados, deben elegir entre jugarse la vida trepando la valla, morir en el desierto o echarse al mar. El estrecho de Gibraltar, uno de los puntos marítimos más peligrosos del mundo por sus corrientes y fuertes vientos, continúa siendo una ruta “elegida”, especialmente por mujeres con niños. Muchas no tienen suerte.

En la Europa del siglo XXI no hay la más mínima excusa ni justificación para que sigan sucediendo estas cosas, ni para que las muertes en la frontera continúen en la absoluta impunidad. Las familias del Tarajal no pierden la esperanza en que un día el Estado español y la UE les pidan perdón. Ese día entenderemos que la humanidad es una sola y que todas las muertes valen lo mismo.

Autor/Autora

Gaby Poblet

Antropòloga, coordinadora de la sectorial de migració i ciutadania i investigadora en polítiques migratòries.

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