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Sacrificar la democracia en las urnas

Sacrificar la democracia en las urnas

Escribo este artículo pensando en la política catalana actual y, sobre todo, en la dimensión democrática del debate que este conflicto ha suscitado. Entre los defensores de la apuesta independentista hizo fortuna una expresión que proclamaba: “esto va de democracia”. Así, más allá de la independencia, el clamor popular exigía una democracia que España negaba a los catalanes. El conflicto, por lo tanto, podía situarse entre construir una Cataluña marcada por esencias democráticas o permanecer en una España atrapada en sus inercias autoritarias. En realidad, no estaríamos escogiendo entre opciones que representan posiciones políticas diferentes, sino entre alternativas morales. Un relato que, de ser cierto, no quedaría muy lejos de un debate entre el bien y el mal.

Sin entrar a valorar la habilidad discursiva de este planteamiento, me inquieta el papel que se otorga a la democracia en el conflicto catalán. Para algunos, el caso catalán expresa la lucha por la democracia en tiempos de fragilidad democrática y amenaza autoritaria. Para otros, en cambio, el caso catalán no es la lucha, sino la expresión de una enquistada debilidad democrática, de sus sombrías expectativas para el siglo XXI. En Cataluña, como en muchos otros lugares, no estaríamos presenciando la emergencia de una democracia fortalecida, sino asistiendo a su propio suicidio. Algo que, por otra parte, como nos recordó John Adams, el segundo presidente de Estados Unidos, no es nada nuevo: “La democracia nunca dura mucho, pronto se desperdicia, queda exhausta y se muere. Nunca hubo una democracia que no cometiera suicidio.”

Aunque iré volviendo sobre el caso catalán, situar el debate en estos términos nos obliga a desbordarlo. Las esperanzas y los temores democráticos se baten en un escenario internacional donde, de forma paradójica, convive un generalizado desprecio hacia las instituciones democráticas y la creencia en una democracia interiorizada como un atributo permanente de nuestra vida política. Odiamos la práctica democrática, pero no estamos dispuestos a renunciar a sus promesas teóricas.

Cuando John Adams nos recordaba la pulsión suicida de la democracia, estaba también poniendo el énfasis en las causas internas de su debilidad. Tzvetan Todorov se refería a esta misma idea en Enemigos íntimos de la democracia. Una reflexión en la que también incide el magnífico trabajo de Nadia Urbinati, Democracy Desfigured. Sin poder entrar ahora en estos soberbios estudios, decir que coinciden en que una de las principales causas del declive democrático se encuentra en la propia naturaleza humana. Ya Patón, el gran crítico de la democracia, se mostraba preocupado por una ciudadanía que se movía por la emoción y no por la razón, por una masa que se dejaba arrastrar por sus intereses a corto plazo y que menospreciaba la sabiduría a largo plazo. Una democracia que “se convertiría en una teatrocracia, con hordas vulgares mirando embobadas a los políticos profesionales en el escenario y votando a quienes hacían los discursos más bonitos y las más jugosas promesas”.

La democracia es una maquinaria muy potente que, por lo tanto, reclama ser conducida con prudencia, equilibrio y contención. Sin embargo, sus conductores más populares son emocionales y tienden comportarse agresivamente. En este sentido, John Adams nos indicaba que el buen gobierno se encuentra en el control de las pasiones humanas y no en la capacidad para desencadenarlas. El problema aparece cuando la fuerza de las pasiones se convierte en una tentación irresistible para aquellos gobernantes interesados en imponer sus proyectos. Trasladar el debate entre opciones partidistas legítimas al terreno de la lucha entre el bien democrático y el mal autoritario, como ha sucedido en Cataluña, no revitaliza la democracia. Más bien la destruye desde dentro. La somete a las pasiones e impide una conducción racional y prudente.

Reconocer esta tendencia al suicidio inspiró a los padres de la democracia liberal y explica por qué diseñaron el entramado institucional de la democracia representativa que hoy despreciamos. Tocqueville lo justificaba por el temor a “la tiranía de la mayoría”, mientras que John Stuart Mill se mostraba muy preocupado por “la tendencia de las masas a predominar sobre los individuos.” Para ambos, la democracia era un mecanismo poderoso pero imperfecto. Una institución que debía ser diseñada cuidadosamente para aprovechar la creatividad humana, pero también para controlar la perversidad que habita en la condición humana. Con la llegada del siglo XXI no solamente hemos olvidado los orígenes de la fragilidad democrática, sino que, para fortalecerla, hemos invocado sus demonios internos.

Recuperando las potentes emociones asociadas a paraísos o a infiernos (catalanes y/o españoles, según la perspectiva) ganamos adhesiones, pero destruimos la democracia. Ganamos elecciones, pero nos convertimos en “los enemigos internos” que “desfiguran la democracia”. Levitzky y Ziblatt afirman que actualmente “el retroceso electoral empieza en las urnas”. El clamor catalán por poner urnas no sería, por lo tanto, una condición para la recuperación democrática, sino incluso un raíl hacia su descarrilamiento. “Las democracias –siguiendo con los autores de Cómo mueren las democracias– pueden fracasar a manos ya no de generales, sino de líderes electos, de presidentes o de primeros ministros que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder.”

Adicionalmente, la degradación democrática a la que estamos asistiendo no se explica tanto por la crisis de las instituciones democráticas como por la pérdida de los valores que las sustentan. Es decir, la democracia –como si de un partido de fútbol se tratara– necesita de un terreno de juego y de unas normas que regulen su funcionamiento. Sin embargo, también como en un partido de fútbol, estas normas solo funcionan si se respetan algunas reglas no escritas que reflejan los valores del deporte. Expresiones como “lo que sucede dentro del rectángulo de juego se olvida una vez ha sonado el silbato final” permiten continuar con un juego basado en enfrentamientos civilizados.

Hoy, los valores que deberían acompañar a las instituciones democráticas se encuentran debilitados. En concreto, dos reglas no escritas básicas para el funcionamiento de la democracia se encuentran seriamente amenazadas: la tolerancia y la contención. La tolerancia refleja el acuerdo entre rivales políticos para aceptarse mutuamente como adversarios legítimos, mientras que la contención supone que los políticos deben moderar el uso del poder institucional una vez han accedido electoralmente a él. Ambas reglas no escritas son incompatibles con la polarización extrema que alcanza nuestra política actual. Una polarización que puede acabar con la democracia. Refiriéndose al caso americano, Levitzky y Ziblatt lo resumen en los siguientes términos: “la debilidad de nuestras normas democráticas arraiga en una polarización partidista extrema, una polarización que sobrepasa las diferencias políticas y entronca con un conflicto existencial, racial o cultural.”

Trasladándonos de nuevo al escenario catalán, no es difícil reconocer la escalada emocional y la polarización a la que estamos asistiendo. Tampoco podemos obviar la centralidad que algunos otorgan a las urnas como una eventual salida al conflicto. En este contexto, volviendo al interrogante con el que empezábamos este artículo, ¿estamos pavimentando el camino hacia el fortalecimiento o hacia el fallecimiento democrático? La respuesta a esta pregunta seguro que es discutible, pero si tomamos como referencia las reglas no escritas de la tolerancia y la contención, las expectativas parecen poco optimistas. La tolerancia decrece al tiempo que se impone una polarización cada vez más pasional, mientras que la contención quedó arrasada tanto en la aplicación del artículo 155 como en la tramitación de las leyes de desconexión por parte del Parlamento catalán.

Sin entrar en las razones de unos y otros, en la política catalana cada vez son más frecuentes las declaraciones de amor a los nuestros y de odio a los otros. En el escenario político catalán, los adversarios que antes podían hablarse ahora son enemigos que se vigilan y se acechan mutuamente. En nuestro maltrecho discurso político no solo dominan los conflictos, sino que proliferan las expresiones agresivas e insultantes. Un contexto en el que continuamos reclamando las urnas como una muestra de firmeza democrática, pero en realidad quizá estamos sacrificando la democracia en un altar plebiscitario. Las urnas –estas urnas– ya no expresan la voluntad de construcción colectiva, sino la demanda de un campo de batalla en el que medir nuestras fuerzas. Sin dejar prisioneros.

Quizá podáis convencerme de que este escenario bélico es el que mejor refleja la democracia en el siglo XXI. Quizá sí. Pero os costará más convencerme de que este escenario sirve para democratizar la democracia. Aunque sea desde visiones del siglo XX, todavía creo en las sabias palabras que escribía Jane J. Mansbridge en 1980:

“Adversarial democracy is the democracy of a cynical society. It replaces common interest with self-interest, the dignity of equal status with the base motives of self-protection, and the communal moments of face-to-face council with the isolation of the voting machine.”

Autor/Autora

Quim Brugué

Catedràtic de Ciència Política de la UAB

Articles publicats : 27

Comentaris (3)

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    Pere

    Qualsevol cosa amb tal de negar el dret dels catalans a un referèndum d’autodeterminació.
    Ai, tots els qui proclamaven, a la sortida de la dictadura, que no renunciaven al legítim exercici del dret d’autodeterminació… per a 40 anys més tard, que aleshores no tocava, que si l’exèrcit….! Doncs ja han passat els 40 anys i, prou que es veu, de dret d’autodeterminació res de res.
    Quina estafa mantinguda durant tants anys! Quantes mentides i quant d’engany!

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    Rafael Granero Chulbi

    Es un artículo muy importante para entender que tan peligroso es que el árbol no te deje ver el bosque como que el bosque no te deje ver el árbol.

    Es uno de esos textos que obliga a pensar y que exige una lectura no diagonal, sino atenta y concentrada. Me encanta y firmo al cien por ciento lo que afirma.

    Un ejemplo que permite afirmar que los medios, por muy democráticos que sean, no justifican el fin (que es la tesis fuerte del texto):

    El curandero Pàmies reta al Govern a hacer un referéndum sobre la ‘terapia de la lejía’ https://www.elperiodico.com/es/ciencia/20181221/josep-pamies-republica-catalana-referendum-terapias-alternativas-7208350?utm_source=whatsapp&utm_medium=social

    Una última reflexión ¿cuántos de nuestro entorno próximo serían, en el caso de que lo vieran de interés, capaces de entender (y disculpad la evidente pedantería) la carga de profundidad contra el colectivismo y contra el asambleísmo mecanicista que allí subyace?

    Gracias por compartir tu reflexión.

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    Rafael Granero Chulbi

    Porfiando en lo que, a mi entender, el autor sostiene, valga la pena leer a Rabell:

    http://lluisrabell.com/2018/12/20/es-hora-de-tomar-una-determinacion/

    “Tras la experiencia de estos años, sería hora de decir, simple y llanamente, que un proyecto coherente de izquierdas es incompatible, no solo con la vía unilateral y manifiestamente fracasada del «procés», sino también con el propio objetivo de la independencia de Catalunya.”

    Ahora sólo falta que Rabell sea atendido… Pero tengo importantes dudas al respecto.

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