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Nicaragua, Nicaragüita: entre resistencia, dolor y solidaridad

Nicaragua, Nicaragüita: entre resistencia, dolor y solidaridad

En las últimas semanas Nicaragua ha sorprendido otra vez a la prensa en muchos países con imágenes de manifestaciones inmensas, con más de un mes de movilizaciones en todo el país y declaraciones de jóvenes, campesinos y mujeres que hablan de la urgencia de la salida de los Ortega Murillo. Ha sorprendido incluso a las y los nicaragüenses, que aunque sabíamos que esto ocurriría “un día”, no esperábamos que fuese tan pronto, tan potente y tan urgente.

Sabíamos que ocurriría, porque la gente acumuló suficientes razones para protestar contra el Gobierno de Daniel Ortega, quien a pesar de presentarse en el exterior como un “revolucionario que lidera la segunda etapa de la revolución sandinista”, ha resultado ser un gobernante de corte neoliberal que aplica un modelo corporativista en alianza con la empresa privada nicaragüense desde que asumió el poder en el 2007, además de haber desmontado la frágil institucionalidad del país a partir del pacto con Arnoldo Alemán, uno de los políticos más corruptos de la historia de Nicaragua.

La antesala de las manifestaciones son años en los que el “orteguismo” ha reclamado las calles como propias y reprimido toda manifestación de descontento, principalmente a través de “las turbas orteguistas”, que funcionan como un grupo de choque del partido para reventar las manifestaciones de la oposición. El descontento acumulado por el control total del gobierno en todas las instituciones del Estado (incluida la Corte Suprema de Justicia, el parlamento y el Consejo Supremo Electoral); la ilegalización de partidos políticos y la falta de imparcialidad del sistema electoral, que ha sido cuestionado por fraude y corrupción; la concesión a una empresa china de la construcción de un canal interoceánico, que generó la oposición de un fuerte movimiento campesino; los retrocesos en la Ley contra la violencia hacia las mujeres y la eliminación de las “comisarías de la mujer”, que funcionaban como delegaciones especializadas para dar respuesta a la violencia de género, sumado a los altos índices de impunidad en los casos de violencia sexual y feminicidio; la penalización absoluta del aborto (incluso cuando la vida de la mujer está en riesgo) pactada por el Frente Sandinista con la jerarquía de las iglesias y partidos de la derecha; la falta de transparencia de los fondos del ALBA, que son administrados a discreción del partido y no se registran en el presupuesto de la república, además de asignar los beneficios de los programas por criterios partidarios por delegados del frente sandinista; el nepotismo reflejado en el poder de las hijas y los hijos de la pareja Ortega Murillo en puestos claves del gobierno, que se suma a la confusión entre Estado-partido-familia, y una larga lista de inconformidades en las que unos sectores ponen el acento más en unas que en otras. La larga lista de razones, acentuada durante años por la represión a toda forma de manifestación que cuestione al gobierno, ha generado las protestas incluso de sectores sandinistas en ciudades que hasta el 18 de abril se consideraban bastiones de los que el partido jamás hubiese esperado tanta resistencia.

Las protestas que se iniciaron por las reformas de la Seguridad Social fueron la suma de años que en los que en su más reciente lista se encontraba la ineficiencia del gobierno por apagar el incendio de la reserva biológica Indio Maíz (ubicada al sur de Nicaragua), que ardió en llamas durante 10 días sin que el gobierno informase sobre las causas del incendio, que según algunas organizaciones ambientalistas fue provocado, presumiblemente por la mafia maderera, que desde hace años también saquea los recursos de la reserva de la biosfera Bosawás (al norte de Nicaragua). Mientras la reserva se quemaba, algunos estudiantes de Managua convocaron concentraciones para exigir al gobierno que actuara para apagar las llamas; una vez más, como desde hace muchos años, las turbas orteguistas reprimieron las protestas con la complicidad de la policía. El incendio, finalmente, cesó y a la semana siguiente el gobierno publicó las reformas al INSS (Instituto de Seguridad Social) y estudiantes, feministas y colectivos de derechos humanos se concentraron para rechazar las reformas. Como ha sido el guión, los grupos parapoliciales armados conocidos como “turbas orteguistas” atacaron la protesta, mientras la policía nacional veía apaciblemente la brutalidad de los golpes, piedras y porras contra quienes se manifestaban y contra los periodistas presentes. Pero esta vez, la gente se hartó y al día siguiente convocaron otra concentración, a la que se unieron varias universidades y ciudades del país. Cada manifestación fue repelida con brutalidad por las turbas orteguistas y la policía, pero en lugar de generar miedo y enviar a la gente a sus casas, solo lograban que salieran más a las calles, desde los pueblos más adormilados hasta las ciudades simbólicas del sandinismo histórico.

Cuando la policía empezó a disparar balas de plomo y asesinaron a los primeros jóvenes el 19 de abril durante las protestas, sabíamos que nada volvería a ser igual, que no había paso atrás y que ya no se trataba de la reforma del INSS, sino de los derechos básicos de la población: la vida misma. Mientras los medios de comunicación ligados al orteguismo no reportaban lo que ocurría en las calles, Telcor (el ente regulador de telecomunicaciones del gobierno) sacó del aire a tres canales de televisión que estaban transmitiendo la brutalidad de los ataques a las protestas, y esto generó que, en la era de las redes sociales, cada nicaragüense se convirtiera en reportero/a, grabando y transmitiendo en vivo lo que ocurría.

Cada intento de bloquear las protestas tuvo como respuesta la creatividad, solidaridad y organización popular. Cuando las y los jóvenes tomaron las universidades, en los barrios se organizaron para llevar víveres, las vendedoras de mercados les llevaron frutas y los vendedores de agua les regalaban las bolsas de agua a quienes estaban en las barricadas. Cuando los hospitales públicos negaron la atención a heridos en las protestas, los estudiantes de medicina crearon puestos de salud improvisados dentro de las universidades, con medicinas donadas por la población. Cuando la policía persiguió a los jóvenes, la gente abrió sus casas para esconderlos. De las casas sacaban agua, pañuelos y bicarbonato para resistir a las bombas lacrimógenas. La gente hacía recargas a números de teléfono de personas que no conocía, para que pudieran seguir comunicándose dentro y fuera de las universidades.

Manifestaciones multitudinarias en Managua de más de 6 kilómetros abarrotaron la ciudad; a cada concentración o manifestación la gente llega por cuenta propia, no hay un aparato de organización, ni presupuesto, ni logística que genere este movimiento que se ha nombrado como “autoconvocado”. No hay caras visibles ni liderazgos, no existe un líder mesiánico; es mucho más potente que eso, es multitudinario, nacional, espontáneo y popular.

Los días más brutales de la represión fueron del 19 al 23 de abril, con docenas de asesinados, una lista larga de desaparecidos y encarcelados, además de denuncias de abusos sexuales perpetrados por policías a las chavalas que fueron detenidas durante las protestas. La brutalidad no ha parado, y la resistencia tampoco. Siguen universidades tomadas por estudiantes, tranques de carreteras organizadas por campesinos y población de las ciudades, mientras son atacados por policías antidisturbios y turbas orteguistas con armas de fuego.

Existe una campaña de desinformación de los medios de comunicación dirigidos por las hijas y los hijos de Daniel Ortega y su partido, que intentan deslegitimar las protestas diciendo que se trata de delincuentes, agentes de la CIA, jóvenes manipulados, gente pagada a sueldo, integrantes de pandillas o partidarios de la derecha, según se vea. Ortega lo ha negado todo; sin embargo, tuvo que sentarse en una mesa de diálogo mediada por la Conferencia Episcopal, mesa que él mismo propuso después de verse forzado por la marea de manifestaciones que no paran. Al otro lado de la mesa están los representantes del movimiento estudiantil, del movimiento campesino, académicos, del movimiento feminista y de la empresa privada. La fuerza de las movilizaciones también obligó a Ortega a invitar al país a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para realizar un informe in situ, la cual reportó graves violaciones de derechos humanos durante las protestas, caracterizadas por el uso excesivo de la fuerza por parte de cuerpos de seguridad del Estado y de terceros armados, lo que dio como resultado decenas de muertos y centenares de personas heridas, detenciones ilegales y arbitrarias, prácticas de tortura, tratos crueles, inhumanos y degradantes, censura y ataques contra la prensa y otras forma de amedrentamiento como amenazas, hostigamientos y persecución dirigidas a disolver las protestas y a inhibir la participación ciudadana.

El pasado 29 de mayo, Amnistía Internacional, en su informe “Disparar a matar”, denunció que el Gobierno de Nicaragua ha utilizado estrategias letales para reprimir las protestas, incluyendo ejecuciones extrajudiciales.

El último escenario de dolor lo hemos visto el 30 de mayo, día de las madres nicaragüenses, en el cual se realizó una manifestación pacífica en solidaridad con las madres de las y los asesinados durante las protestas. La manifestación reunió a cientos de miles de nicaragüenses en Managua y varias ciudades del país, que exigían justicia por los asesinatos y el cese a la represión. Vimos, por la transmisión en directo de medios de comunicación, como los antidisturbios y grupos parapoliciales disparaban a la población desarmada. Vimos niños y niñas corriendo en medio de las detonaciones, personas gritando e intentando ingresar en las instalaciones de la Universidad Centroamericana para ponerse a salvo, jóvenes que murieron en el acto por disparos a la cabeza, un estado de verdadero terror ante la masacre. Los ataques se repitieron en varias ciudades en donde se realizaron manifestaciones simultaneas. Al finalizar el día, se contabilizaron 13 asesinados y docenas de heridos. La consternación y el dolor se suma a los más de 40 días de represión sistemática de las protestas.

El gobierno de Ortega niega toda posibilidad de salida del poder y la gente grita en las calles “Que se vayan”. Es difícil predecir un desenlace, todas las posibilidades están en el horizonte pero nadie se atreve a asegurar lo que ocurrirá. Lo que está claro es que en Nicaragua se está escribiendo una nueva historia y que lamentablemente otra vez se hace con la sangre de jóvenes. Ojalá que esta Nicaragua que nos duele tanto se reconstruya con tanta fuerza y compromiso que nunca más tengamos que arriesgar la vida para obtener libertad y justicia.

Autor/Autora

Bertha Massiel Sanchez Miranda

Integrant del moviment feminista de Nicaragua

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