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Mediación y diálogo en Catalunya

Mediación y diálogo en Catalunya

Durante estos días se está comentando mucho la posibilidad de articular una mediación internacional para solucionar el conflicto político en Catalunya. Unido a ello, se alzan voces que reclaman diálogo. Ambos impulsos son positivos, pero requieren de algunas matizaciones.

Las teorías de resolución de conflictos nos dicen que todos ellos pasan por diversas fases. Lo que en principio son diferencias puede conducir a la polarización, y ésta a diversas formas de violencia. Quiero pensar que hay un consenso muy amplio en torno al deseo de que no haya violencia, más allá de que las imágenes del domingo, durante la jornada de votación, transmitan la impresión de que el Estado Español ha tomado ya la decisión de emplearla.

En esta fase de escalada del conflicto lo importante no es la mediación. No creo que haya condiciones para ello en la medida que las posiciones están muy alejadas. Ahora el objetivo debería ser la contención y la autocontención. Desde diversos ámbitos externos, como la Unión Europea, se tienen que redoblar los esfuerzos para transmitir un mensaje claro de rechazo al uso de la violencia y para animar a las partes a modular discursos y actitudes. El objetivo sería impedir que el conflicto entre en una fase destructiva, que causa mucho dolor y sufrimiento y obstaculiza a largo plazo las soluciones compartidas.

También desde España y Catalunya se debe hacer un esfuerzo para evitar mensajes prebélicos y de cosificación del rival político. Pueden y deben evidenciar sus diferencias, pero siempre con un lenguaje y unas actitudes de respeto. No es responsable difundir discursos en clave de enfrentamiento. En ello el Estado tiene una especial responsabilidad. Cuenta con el monopolio del uso de la fuerza. Es una herramienta muy poderosa y peligrosa a la vez que debe ser utilizada con mucha responsabilidad. Los mensajes de “a por ellos” o la negativa a investigar los abusos policiales del 1-O transmiten dos ideas. Por una parte, que “todo vale” para “restaurar el orden constitucional”. Por otra parte, que nadie investigará lo que suceda, lo que alienta la impresión de poder actuar con impunidad.

También desde Catalunya se deben reforzar los principios de actuación cívica y pacífica. Como recordaba muy bien Jordi Armadans, director de Fundipau, en un tuit: “La no-violència activa és transformadora, deixa en evidència la repressió, crea cohesió interna i genera simpatia externa”.

A partir de que se refuercen las actitudes de respeto, bien por compromiso interno, bien alentados desde la esfera internacional, se podrán crear las condiciones para que un diálogo sea posible, aunque no basta tampoco solo con hablar. Debe existir una verdadera y genuina voluntad de llegar a acuerdos. Lo contrario es un mero pasatiempo que solo genera más frustración. En este terreno una mediación sería deseable, dadas las posiciones tan alejadas que se manifiestan desde España y Catalunya.

Contención, diálogo y voluntad real de acuerdo. No se me ocurre otra receta para buscar una solución no traumática. Ahora bien, en línea con lo que manifiesta The Economist, cualquier acuerdo debe incluir la posibilidad de celebrar un referéndum que sea reconocido como legítimo por España. Menos que eso no parece viable. Lo triste es que España tuvo la oportunidad de hacerlo antes (lo que habría conducido, como sucedió en Quebec y Escocia, a una victoria de los partidarios de mantener la unidad) y ahora se han despertado fantasmas “imperiales” que dificultan mucho esta operación. Es por ello por lo que las labores de contención internacional son más necesarias que nunca con el objetivo de evitar una fase destructiva.

 

Autor/Autora

Paul Ríos

Experto en el proceso de paz vasco y miembro del Agirre Lehendakaria Center. Ex coordinador de Lokarri

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