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La herencia del 11 de septiembre en Chile

La herencia del 11 de septiembre en Chile

La Historia puede verse como una larga sucesión de días infaustos y, en ese contexto, el 11 de Septiembre no es la excepción. El asalto de las tropas borbónicas sobre Barcelona en 1714 es un ejemplo cercano, pero también lo es la muerte de tres mil personas en Nueva York en los atentados del año 2001 y, ciertamente, lo que nos convoca, la inmolación del presidente Salvador Allende en Santiago de Chile en 1973. En todos los casos, supone el fin de una etapa de conflicto y el inicio de un proceso restaurador del orden preexistente.

La imposición del absolutismo borbónico y los decretos de nueva planta acabaron con los fueros catalanes y crearon la fisonomía que en general reconocemos hasta hoy en España. El ataque a los símbolos del poder norteamericano acarreó un reordenamiento de la dominación a escala planetaria en el contexto de un mundo globalizado, que dio un nuevo aliento a una potencia declinante. Alternativamente, el golpe de Estado en Chile fue el punto de partida para una revolución en la acumulación capitalista, que sirvió de laboratorio para su reedición a escala mundial años después.

En este último caso, existe consenso respecto a la significación que tuvo el ensayo de implantación de un nuevo modelo de desarrollo frente al agotamiento que evidenciaba el ideario keynesiano y sus políticas redistributivas. El capitalismo necesitaba un drástico redireccionamiento de la estrategia de acumulación, que permitiera la recuperación de la tasa de ganancia. Había que poner fin al mundo de las regulaciones, la redistribución y la intervención del Estado. El mercado volvía a ser el asignador omnímodo en el contexto de un nuevo orden social, en que la atomización de los colectivos sociales y el individualismo fueran metas y valores centrales de la nueva sociedad. Era la hora del Neoliberalismo.

En Chile, la posibilidad de cambiar drásticamente la senda de desarrollo requirió la imposición de un régimen de facto que aplicó una política sistemática de terrorismo de Estado y lo que Naomi Klein ha llamado Doctrina de Shock. En otros países, se pudo ocupar el set de enseñanzas recogido de la experiencia chilena, facilitando la transformación a gran escala, alcanzando los mismos objetivos sin necesidad de interrumpir el orden democrático. USA e Inglaterra, con Reagan y Thatcher respectivamente, fueron los primeros en emprender la tarea. A finales de los años 80, cuando la dictadura militar en Chile dejaba paso a nuevos gobiernos civiles, las lecciones obtenidas permitieron formular las tesis básicas de lo que se llamó Consenso de Washington, guía para la liberalización de las economías y la implementación del nuevo orden.

Sin embargo, el caso de Chile no solo abrió camino para la reconversión neoliberal. La manera en que la dictadura diseñó la transición hacia un régimen político distinto resultó casi pionera. El régimen resultante es tributario de una Constitución diseñada para asegurar la mantención de los elementos esenciales del modelo de desarrollo y el régimen impuesto. Una legislación laboral antisindical, una economía con regulación mínima y un Estado con un peso insignificante se unen a una política de impunidad frente a los crímenes y violaciones a los derechos humanos de la dictadura.

La herencia del 11 de Septiembre en Chile es profunda y duradera. Implicó un salto en la acumulación de capital, que multiplicó el PIB, pero a costa de una drástica regresión en la equidad. Creó nuevas condiciones para la inversión, pero anulando a las organizaciones de los trabajadores. Generó condiciones de estabilidad social, pero fundadas sobre la impunidad de los genocidas.

La nueva sociedad así delineada enfrenta hoy un temprano agotamiento y su evidencia palmaria es la desafección de las personas, particularmente de los más jóvenes. En la última elección presidencial solo participó la mitad de los potenciales electores. Las profundas reformas del último Gobierno socialista habían llegado tarde.

La muerte del presidente Allende en La Moneda fue el llamado postrero e infructuoso a la defensa de un modelo de progreso social, y fue también el toque a degüello para unas clases dominantes que se vieron amenazadas.

 

Autor/Autora

Pato Escobar

Socioeconomista xilè

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