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La colaboración de Airbnb, entre relatos y realidades

La colaboración de Airbnb, entre relatos y realidades

Uno de los principales méritos de Airbnb, por decirlo de alguna manera, ha sido su capacidad para desarrollar cautivantes relatos alrededor de los servicios comercializados a través de su plataforma. En este sentido, la multinacional californiana es quien ha sabido aprovechar, quizás mejor que nadie, el tirón mediático de un concepto tan ambiguo como el de la denominada “economía colaborativa,” para esconder el alquiler turístico detrás de una cortina de humo hecha de conceptos como colaboración, comunidad, diálogo intercultural, sostenibilidad, familias y supervivencia.

Después de una primera fase de entusiasmo, en los últimos años se ha asistido a un crescendo de las voces críticas hacia el edulcorado relato de Airbnb, al tiempo que afloraban las contradicciones intrínsecas al modelo.

En Barcelona, la concentración de la oferta en los barrios más céntricos y turísticos contradice la teoría descentralizadora que la compañía y sus acólitos siguen sosteniendo. Pasa exactamente lo contrario. El carácter informal de su oferta ha permitido a la “comunidad” Airbnb esquivar las limitaciones de los planes de usos y las moratorias para exacerbar la presión sobre las principales áreas de la geografía turística de la ciudad. Emblemática es, en este sentido, la comparación entre dos barrios con un número de habitantes muy similar como Les Roquetes y el Gòtic. En el primero se concentran una decena de anuncios, mientras que en el segundo, la oferta en estos años supera los 1.200, a pesar de la moratoria introducida en 2010 relativa a los pisos turísticos con licencia.

A pesar del relato “colaborativo”, para el grueso de la demanda Airbnb, aspectos como la ubicación del alojamiento, los servicios y los espacios disponibles, la propuesta estética y el perfil del anfitrión siguen siendo muy importantes. En una investigación realizada en 2014 con Albert Arias, se estudió el perfil de los “anfitriones” en dos de los principales barrios del circuito Airbnb en la ciudad: el Raval y la Vila de Gràcia. El análisis evidenciaba la escasa presencia de familias con hijos, de personas mayores o de colectivos migrantes de origen extra-europeo. Por otro lado, gozaban de cierto protagonismo jóvenes con estudios, profesionales y, en particular, extranjeros procedentes de países de Europa Occidental. No todo el mundo reúne las condiciones socio-económicas y culturales para ser atractivo. Es el mercado, y éste entiende de competitividad y no de necesidad.

Las ganancias que puede generar el alquiler turístico en determinadas áreas pueden incentivar a los arrendadores a aumentar el precio.

La rentabilidad de activos inmobiliarios en el mercado turístico ha atraído un amplio abanico de actores que explican mejor las dinámicas que rigen la plataforma Airbnb. En Barcelona, el auge de los pisos turísticos, de hecho, coincide con la fase de recuperación y aceleración del sector inmobiliario gracias, en particular, a la inversión extranjera. No se trata solamente de grandes fondos de inversión. La extrema movilidad del capital y la limitada rentabilidad de otros productos financieros favorecen que un número creciente de inversores de clase media invierta sus ahorros en viviendas. El sector inmobiliario de Barcelona ejerce un particular atractivo también por su accesibilidad, si se compara con otras ciudades europeas, lo que también permite que pequeños inversores adquieran propiedades estratégicamente ubicadas.

En la actualidad, el debate parece centrarse en la necesidad de favorecer a los vecinos y recuperar así “la esencia de la economía colaborativa”. A este propósito es oportuno recordar que la cesión temporal de un bien a título lucrativo, independientemente de si lo hace un particular o una agencia, desde siempre se ha llamado “alquiler”, por lo menos hasta que llegó Airbnb. No hay ninguna colaboración, ni lógica “comunitaria”. Aquí sólo hay el mero interés individual del “anfitrión” de aprovechar su piso para obtener una ganancia. Lo que queda por ver es si es legítimamente o no.

La irrupción de plataformas digitales “colaborativas”, ciertamente, ha tenido un impacto “disruptivo” en los mercados. Sin embargo, Airbnb o Uber no han cambiado la naturaleza de las prácticas que estas plataformas promueven, ni tampoco sus implicaciones. Tanto sobre el subalquiler turístico como sobre el servicio de taxi abusivo, ha habido reflexiones por parte del legislador respecto a los derechos de los consumidores, las condiciones para prestar un servicio público o los impactos sobre el mercado del alquiler, entre otros. El simple hecho de que hayan cambiado el volumen de tales prácticas y las narrativas que las acompañan no invalidan, necesariamente, la regulación vigente ni las reflexiones que las precedieron.

En Cataluña, la normativa no permite el denominado home sharing. Solamente existe la posibilidad de convertir una propiedad en una vivienda de exclusivo uso turístico (HUT en sus siglas en catalán) previo cambio de uso y obtención de una licencia. Por lo tanto, no hay situaciones de alegalidad que precisen de regulación. La cuestión es si es oportuno cambiar la normativa como va pidiendo Airbnb, sobre todo desde que empezaron las polémicas y las multas, para que cualquier residente pueda usar su vivienda principal para servicios de alojamiento turístico sin licencia, como se hizo en algunos importantes destinos.

En Barcelona, el auge de los pisos turísticos coincide con la fase de recuperación y aceleración del sector inmobiliario, gracias a la inversión extranjera.

La complejidad y la trascendencia del turismo en Barcelona evidencian la dificultad de gobernar las dinámicas que promueve. Emblemáticos, en este sentido, son el impacto sobre el mercado inmobiliario y los límites de la administración para intervenir en ello y garantizar el derecho a la vivienda, frente a un aumento descontrolado de los precios.

La zonificación propuesta por el PEUAT, que establece áreas de contención o de decrecimiento natural de la oferta en las zonas más saturadas, confirma cómo a través de la concesión de licencias, el Ayuntamiento dispone de una herramienta que le permite limitar la actividad de alojamiento turístico en pos del interés general que está llamado a representar. En cambio, una abertura al principio del home sharing, como algunos proponen, no parece ir en la misma dirección.

Las ganancias que puede generar el alquiler turístico en determinadas áreas, también en el caso de una limitación del número de noches, pueden incentivar a los arrendadores a aumentar el precio, si entiende que su propiedad puede ser aprovechada como activo turístico por parte del locatario. Además, hay un problema de control. Si en la actualidad resulta muy complicado interceptar y sancionar las miles de prácticas de alquiler ilegal, resulta fácil imaginar que para la administración será bastante más arduo establecer si el “anfitrión” está infringiendo el límite de noches o si reside realmente, no solo formalmente, en la vivienda.

Hay que tener en cuenta también los muchos ciudadanos que no tienen medios para acceder a una hipoteca o pagar el alquiler de una vivienda y que para “llegar a final de mes” les toca buscar habitación en un piso compartido. No es difícil entender que en el caso de disponer de habitaciones libres, muchos residentes en zonas atractivas preferirán la “colaboración” generosa de turistas a la de posibles coinquilinos. Esta situación, para los barrios, es una forma de perder potenciales vecinos.

Otra necesaria reflexión es la relativa al modelo laboral detrás del relato “colaborativo”. Es decir, el tema del trabajo on demand: prestaciones informales realizadas por particulares, sin tutelas y con una relación de facto dependiente de la plataforma de intermediación, ya que, en el sector de los pisos turísticos, cada vez hay menos vida fuera de Airbnb. En este sentido, es emblemático el fallo de un juez de Londres sobre la relación laboral entre Uber y los conductores del pasado noviembre.

Finalmente, la apertura al supuesto derecho al home sharing puede ser la consagración definitiva de lógicas que ya están afectando negativamente derechos ya debilitados después de tres décadas de hegemonía neoliberal. ¿Merece realmente la pena?

Autor/Autora

Alan Quaglieri

Investigador a la Universitat Rovira i Virgili

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Comentaris (1)

  • Núria

    Qué lástima que se siga desinformando intencionadamente a la opinión pública mezclando el concepto de homesharing = llar compartida = yo vivo en mi casa y convivo con turistas, y el de vivienda turística = yo tengo un piso y lo alquilo entero a turistas.
    Señor Alan Quaglieri, yo personalmente le agradecería transparencia en los datos en que avala su discurso. Donde está este estudio de 2014, quien lo hizo? A mi nadie me preguntó nada. Cómo sabe usted, viendo mi perfil de anfitriona en Airbnb, si soy una titulada superior snob que decide lucrarse alquilar una habitación a turistas (cosa perfectamente legítima por otro lado, estoy en mi casa), o si soy una madre soltera en el paro con un hijo menor a cargo, o con un anciano en casa al que debo cuidar?
    Personalmente, en plena crisis económica y viendo peligrar la estabilidad económica de mi familia, comencé a alquilar una habitación a turistas. La experiencia fue tan buena que llevo 4 años haciéndolo. Los otros casos de anfitriones que conozco personalmente, que no son pcos, són personas en paro de larga duración, cabezas de familia, jubilados con pensiones míseras, etc.
    Y créame, señor Quaglieri, que prácticamente todos conincidimos en que comenzamos en esto de mala gana, ya que en principio a nadie le apetece abrir la intimidad de su hogar a perfectos desconocidos de los que solo has visto una fotografía has tenido un intercambio de información a través de internet. En el mejor de los casos, el turista tiene en su perfil referencias de estancias anteriores, y esto ayuda a generar confianza.
    Señor Quaglieri, estamos tratando de algo muy serio. Está claro que a mucha gente le desagrada el turismo, pero piense que meternos a todos en el mismo saco, acusar al turismo del aumento de precios de la vivienda (cómo si en España se hubiera regulado alguna vez de forma justa el precio del suelo y de la vivienda, por favor!), gira la espalda a cierto colectivo que realmente existe y es numeroso, que gracias a la oportunidad que ciertas plataformas han puesto al servicio de todos, hemos sobrellevado esta crisis. ¿Merecemos que se nos demonice, que se nos trate de “aprovechados”, de llenar la ciudad de turistas…? Venga ya! Y otra cosa. Con estos ingresos nos alcanza para vivir dignamente, ningún “anfitrión” se forra con esto. Y pagamos impuestos por esta actividad en la Declaración de la Renta, ya que todos los ingresos nos llegan a través de nuestra cuenta bancaria.
    En mi caso, si me limitan la posibilidad de seguir recibiendo a turistas, perdería mi hogar y forzosamente debería cambiar mi lugar de residencia.
    Un poco de humanidad, no todo són números.

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