Cómo necesitamos experimentar Revisat per Revista Treball a . Para mí, la política es la zona común de la cotidianidad de la vida, la dimensión colectiva de la forma de entender cómo somos, qué podemos hacer juntos y desde Para mí, la política es la zona común de la cotidianidad de la vida, la dimensión colectiva de la forma de entender cómo somos, qué podemos hacer juntos y desde Rating: 0
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Cómo necesitamos experimentar

Para mí, la política es la zona común de la cotidianidad de la vida, la dimensión colectiva de la forma de entender cómo somos, qué podemos hacer juntos y desde dónde.
Quiero decir que cada uno es cada uno; de su padre y de su madre, se dice. Y muy raros; cuanto más mayores nos hacemos, peor. Hay un espacio de individualidad que nadie debería traspasar, como mínimo, sin el permiso de cada cual. Tenemos derechos y obligaciones para con nuestra persona que no hay por qué explicar. Nuestra piel es nuestro mundo, y la única frontera que yo reivindico.
Esta perogrullada es la verdad más grande jamás contada. Sin embargo, me sirve de apoyo para hablar de nuestro pánico a que la propia individualidad sea nuestro todo, también en un contexto social. Por muy contradictorio que parezca. No hay religión ni librito de autoayuda en que no se haga referencia a la soledad humana y al pánico que tenemos a padecerla. “No es bueno que el hombre esté solo”, decía un Yahvéh aún inocente hace mucho, mucho tiempo. También la escritora cubana Zoé Valdés: “Uno está solo y termina bailando con su sombra, en puntillas para no molestar al vecino, que estará haciendo el amor con su doble. Uno está solo y crea una historia, verdadera o falsa”.

Yo estoy orgullosa de esta izquierda. De estar acompañada por la gente que he elegido y que me hace mejor persona cada día.

Me permito una nueva referencia: la PAH, y así ya nos vamos centrando en el tema. Ada Colau no se cansa de decir, hablando de la situación de desesperanza en que se acercan a la Plataforma los afectados por el drama de los desahucios, que “el experimentar la colectividad y conocer gente que está en la misma situación es la mejor terapia”. Pues entonces, está claro: al relacionarnos, establecemos algunas pautas entre varios, y mil y una relaciones multidireccionales que avergüenzan a las tracas valencianas: se encienden, explotan, se apagan, queman y algunas, pues ni prenden.
Sea como sea, siempre acercamos ideas, adaptamos gustos, colectivizamos proyectos. Y ya tenemos aquí al Homo Politicus, que no sé yo si existe como concepto en sociología o antropología o suena a personaje de Monty Python, pero que ahí queda.
“La política es el arte de dialogar para llegar a consensos”. Eso dicen. Hay algo conformista en esta frase. Me suena a territorio seguro, a legislación viscolástica. A parlamento burgués posrevolucionario de oratorias vacías.
Porque no hay una política: hay miles. El jurista Javier Pérez Royo dijo, hace cosa de unos meses, que la política es la “representación colectiva de la dignidad humana”. Esta frase sí la siento mía.
Entonces, la dignidad, ¿tiene límites? La desigualdad humana, ¿es indigna, o resultado de una globalización inevitable que ha de asegurar un mínimo de condiciones –término muy arbitrario– mientras el que pueda acceda a un máximo? La respuesta a esta última pregunta nos lleva a entender que, de consenso, nada, en algunos temas. Ni lo queremos. Cuando yo aún no sabía que era de izquierdas, hablaba de una línea de salida común igualitaria: situarnos a todos al mismo nivel de oportunidades. Supongo que de esta afirmación se me podría tildar de “buena gente”, con suerte. Pero aún no de izquierdas.
Porque igualar no significa ser justo. Se puede igualar a la baja, como está ocurriendo con las medidas laborales últimamente, por poner un ejemplo. Se puede situar a todo el mundo en el mismo punto de salida y dejar de vigilar cuando comience la carrera. Se puede permitir el dopaje y no querer mirar, también. U organizar carreras alternativas con mejores condiciones para otros y callarnos la boca con el argumento de que ya tenemos nuestra carrera en la pista de al lado, que ya nos han dejado participar.

Si la política es el pensamiento común, la izquierda es el trabajo de evaluación continua de ese discurrir. Un debate eterno, sí, pero porque nunca estaremos satisfechos al cien por cien.

Me salgo ya de la metáfora de atleta, que quizá no se comprende. Lo intento otra vez: si la política es el pensamiento común, la izquierda es el trabajo de evaluación continua de ese discurrir. Un debate eterno, sí, pero porque nunca estaremos satisfechos al cien por cien. Por cada victoria, que las hay, hay una media de cinco grietas que hay que ir corriendo a luchar, reivindicar, exigir, denunciar. Y dejamos la copa de celebración encima de la mesa para salir pitando. Por eso nos dicen que siempre estamos cabreados. Habría que trabajar en esto, organizarnos mejor para quedarnos a brindar, quizá, una vez de cada diez. Y mirarnos, para reconocer que algo hacemos bien.
Yo estoy orgullosa de esta izquierda. De estar acompañada por la gente que he elegido y que me hace mejor persona cada día. Por lo tanto, estoy convencida de que no es el momento de rendirse ante unas políticas neoliberales que, de tanto repetidas, nos anestesian. O de una sociedad a la que le cuesta mil dolores reconocernos dentro de las instituciones, porque es más fácil generalizar el mal que buscar una solución entre los que compartimos ideas con sus ideologías. Tampoco es la época propicia para resignarse al “hagamos lo que hagamos, no nos entenderán”, o al “no estamos en la agenda mediática, no nos quieren”.
Hubo un político inglés conservador del siglo XIX, Disraeli, que dijo: “Los experimentos en política significan revoluciones”. Intentaba ridiculizar los movimientos sociales, pero muchos hemos visto en esta afirmación la afirmación que necesitamos para probar, intentar, cambiar, pero cambiar de verdad cosas. Porque en una de estas, llegará la revolución.
Y vaya, con eso de que tenemos la sangre roja y el corazón escorado a la izquierda… no seremos capaces de resistirnos.

Autor/Autora

Merche Negro

Periodista

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